
Un estudio que cruza ocho paneles longitudinales de Estados Unidos y la encuesta de cohorte ELSOC de Chile acaba de demostrar que la tan comentada brecha del diploma —el realineamiento de los titulados universitarios hacia la izquierda— no es un proceso homogéneo: está atravesada, de cabo a rabo, por el género. La investigación, que presentará Pablo Argote en el seminario interdisciplinario que organizan conjuntamente el Instituto de Sociología y la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica el próximo martes 11 de agosto a las 16:30, muestra que ingresar en la educación superior desplaza a las mujeres hacia la izquierda y las aleja de la derecha, mientras que los hombres permanecen estables o incluso derivan levemente hacia posiciones conservadoras. El resultado es una divergencia política entre sexos que alcanza los 16 puntos porcentuales en la identificación con el Partido Demócrata estadounidense y los 9 puntos en la autoidentificación con la izquierda estricta en Chile.
Una metodología que aísla el efecto causal de la universidad
La solidez del hallazgo no reside solo en la comparación transversal, sino en el diseño de paneles longitudinales intraindividuales con efectos fijos. Argote sigue a las mismas personas antes y después de cruzar el umbral universitario, comparándolas con un grupo de referencia compuesto por quienes no acceden a la educación superior. Al controlar la selección invariante en el tiempo —rasgos de personalidad, origen familiar, capacidades cognitivas previas— el diseño aísla el efecto causal de la experiencia universitaria propiamente dicha. En Estados Unidos, la muestra armonizada agrupa a 9.200 individuos que no asistían a la universidad al inicio del seguimiento; en Chile, el panel ELSOC cubre el período 2016—2022, capturando una cohorte expuesta a la efervescencia política posterior al estallido social. Que el patrón se replique en dos arquitecturas institucionales tan distintas —un sistema bipartidista rígido y otro multipartidista fragmentado— sugiere que el mecanismo no depende de la oferta partidaria concreta, sino de algo más profundo en la socialización política que provee el campus.
Los datos obligan a repensar la literatura clásica sobre el diploma divide. Durante años, los politólogos han documentado cómo el título universitario se convirtió en el nuevo divisor de aguas electorales, sustituyendo en gran medida a la clase social como predictor del voto. Pero ese relato solía tratar a los graduados como un bloque monolítico. El trabajo de Argote fractura ese bloque: la universidad no politiza por igual; politiza de manera asimétrica según el género. Las mujeres que acceden a la educación superior no solo adquieren capital humano; incorporan una identidad partidaria y una autoubicación izquierda-derecha que las separa progresivamente de sus pares masculinos. Esa divergencia no se observa con la misma intensidad en posiciones concretas de política pública —impuestos, sanidad, inmigración—, sino en la identidad partidaria y la autoetiquetación ideológica, un patrón consistente con las teorías que entienden el partidismo como una forma de identidad social antes que como un cálculo de preferencias programáticas.
El campus como espacio de socialización política diferenciada
¿Qué ocurre dentro de la universidad para producir este efecto? La hipótesis de trabajo apunta a una combinación de composición de redes, clima normativo y exposición a discursos feministas y de justicia social que resuenan de manera distinta según el género. Las estudiantes encuentran en el entorno académico referentes, asignaturas y colectivos que validan y articulan una sensibilidad política de izquierda; los estudiantes varones, en cambio, pueden percibir ese mismo clima como hostil o ajeno, activando mecanismos de reacción identitaria que los anclan en el statu quo o los empujan hacia la derecha. El fenómeno recuerda, mutatis mutandis, la dinámica descrita en análisis recientes sobre el fanatismo político y la erosión de la coexistencia civil, donde la polarización afectiva se alimenta de identidades de grupo cada vez más herméticas. En el caso universitario, el grupo de referencia inmediato —compañeros de aula, profesores, movimientos estudiantiles— actúa como cámara de resonancia que amplifica la divergencia inicial.
La evidencia chilena añade una capa de complejidad fascinante. El panel ELSOC captura una cohorte que llega a la universidad en medio de un ciclo de movilización estudiantil y constitucional sin precedentes. Que el efecto de género persista —e incluso se manifieste con nitidez— en un sistema multipartidista donde las etiquetas «izquierda» y «derecha» son más fluidas y menos ancladas en dos grandes partidos sugiere que la universidad funciona como un dispositivo de alineamiento simbólico: proporciona el vocabulario y el mapa cognitivo para situarse en el espectro, y ese mapa se interioriza de forma distinta según el género. No es que las mujeres adquieran posiciones de izquierda más radicales en materia de política económica o derechos civiles; es que adoptan la etiqueta «izquierda» como parte de su identidad social, mientras que los hombres evitan esa etiqueta o adoptan la contraria.
Las implicaciones para la competencia electoral son inmediatas. En Estados Unidos, la brecha de 16 puntos porcentuales en la identificación demócrata entre mujeres y hombres universitarios equivale a una ventaja estructural para el Partido Demócrata en un electorado cada vez más credencializado. En Chile, la divergencia de 9 puntos en la autoidentificación con la izquierda estricta reconfigura el espacio de competencia en un sistema donde la fragmentación partidista hace que pequeños desplazamientos alteren coaliciones enteras. Los estrategas de campaña ya no pueden dirigirse al «voto universitario» como objetivo único; deben segmentar por género dentro de ese estrato, con mensajes y canales diferenciados. La universidad, lejos de ser un igualador político, se convierte en una fábrica de brechas de género que los partidos deben gestionar o explotar.
Identidad partidaria versus preferencias de política: el enigma de la desconexión
Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio es la desconexión entre identidad y preferencias sustantivas. Las mujeres universitarias se mueven a la izquierda en autoidentificación y partidismo, pero no necesariamente en sus respuestas a baterías de preguntas sobre políticas concretas. Esto refuerza la tesis de que el partidismo contemporáneo opera más como una identidad social expresiva —»soy de los míos»— que como un contrato programático —»apoyo estas medidas». La universidad proporciona el contexto donde esa identidad se hace saliente: símbolos, rituales, narrativas colectivas que marcan la frontera entre «nosotros» y «ellos». Los hombres, al no reconocer esa frontera como propia, o al percibirla como excluyente, desarrollan una identidad reactiva que los ancla en la derecha o en la ambivalencia. El fenómeno recuerda la dinámica analizada en el informe sobre el mapa político de la provincia de Buenos Aires, donde las identidades territoriales y de clase se entrecruzan con el género para producir alineamientos electorales que no se reducen a intereses materiales.
Esta desconexión plantea un desafío teórico y práctico. Si la universidad polariza identidades sin polarizar preferencias de política, el espacio para el compromiso legislativo y la deliberación pública no desaparece —las posiciones sustantivas siguen siendo compatibles—, pero el clima de animosidad partidista sí se intensifica. Los electores votan contra la identidad del otro más que a favor de sus propias propuestas. La universidad, paradójicamente, sería entonces un motor de polarización afectiva más que ideológica, y lo sería de manera asimétrica por género. Investigaciones futuras deberán explorar si este patrón se replica en otras democracias ricas —Europa, Canadá, Australia— y si persiste en cohortes más jóvenes expuestas a campus cada vez más feminizados y a discursos de interseccionalidad que podrían reconfigurar también la politización de los hombres universitarios.
El seminario del próximo martes no solo presentará un artículo académico; abrirá un debate urgente sobre el rol de la educación superior en la arquitectura de la opinión pública. Durante décadas, la promesa meritocrática asumió que la universidad formaba ciudadanos críticos, autónomos y convergentes en valores democráticos. La evidencia de Argote sugiere que, al menos en el corto y medio plazo, la universidad diferencia políticamente a mujeres y hombres de manera sistemática y transnacional. Esa diferenciación no es necesariamente patológica —puede reflejar una legítima toma de conciencia de desigualdades estructurales—, pero obliga a repensar el contrato social que vincula educación, ciudadanía y representación. Los partidos, los movimientos sociales y las propias universidades tendrán que decidir si esa brecha de género es un recurso movilizador o una fractura que profundiza la incomunicación democrática.
La convergencia de hallazgos entre Estados Unidos y Chile, dos sociedades con historias, instituciones y cleavages políticos radicalmente distintos, apunta a un mecanismo estructural robusto que trasciende las coyunturas nacionales. La universidad, como institución globalizada con currículos, culturas y redes cada vez más homogeneizadas, exporta un patrón de politización de género que se adapta a las etiquetas locales —Demócrata/Republicano, izquierda/derecha— pero conserva su lógica interna: mujeres hacia la izquierda identitaria, hombres hacia la estabilidad o la reacción. Comprender ese mecanismo es hoy una tarea de primer orden para la sociología política y para cualquiera que intente anticipar el mapa electoral de las próximas décadas.





